En el nombre de Allah, Clemente y Misericordioso

Muchas deportistas musulmanas siguen atrapadas entre las imposiciones de sectores islámicos estrictos, que las obligan a cubrirse durante la competición, y las normas internacionales que promueven la igualdad
Fuente: elcorreodigital.com
Hana Abu Al-Rous pugna con Manal Manasra en un partido de la Copa Jordana.
La última discriminación sufrida por mujeres deportistas en un país musulmán de la que se tiene noticia se produjo hace escasas fechas, cuando la máxima autoridad religiosa de Arabia Saudí hizo una llamada telefónica a la Universidad Rey Saud para que suspendiera una maratón femenina que había organizado en Riad ese mismo día, según informó el diario ‘Okaz’. La prueba quedó «aplazada indefinidamente». Esta noticia también está recogida en la web de la Comisión Mujer y Deporte del Comité Olímpico Español (COE), que acaba de enviar una delegación a Jordania para participar en la IV Conferencia Mundial que el COI organiza para tratar estos asuntos.
El jeque Abdelkarim Al Jodair rechaza la celebración de maratones de chicas en los colegios de Secundaria saudíes porque, dice, eso es como seguir «los pasos de Satán». «La labor de la mujer es estar en casa para cuidar a sus hijos, preparar a las futuras generaciones y vigilar que cumplan con los principios y las moralidades islámicas», sentenciaba en una reciente ‘fatwa’ (decreto religioso), con frases tampoco muy diferentes a las que podían leerse en aquellos manuales del nacional catolicismo que buscaban ‘educar’ a las mujeres durante el franquismo. En España eso pasó a la historia y su incumplimiento no tenía consecuencias fatales, pero hay musulmanas que hoy conviven con amenazas de muerte por rebelarse a imposiciones de su fe con las que otras, es cierto, se encuentran a gusto. También están las que las acatan por miedo a ser insumisas.
En el primer grupo se encuentra la tenista india Sania Mirza. Tiene 20 años y desde hace unos cuantos se cuenta entre las mejores del mundo de esta disciplina, quizás en parte porque puede enfrentarse a sus adversarias en las mismas condiciones, es decir, con la ropa aceptada por las federaciones internacionales (camiseta y falda corta) para igualar a todos los deportistas. Según las interpretaciones estrictas de la ley islámica, las atletas deben cubrirse cuerpo y cabello, dejando al descubierto cara y manos -tampoco valen los monos pegados que marcan las curvas-, así que un ulema de Calcuta calificó de «anti islámica» la vestimenta de Sania, que, además de tenista, es guapa y lleva un piercing en la nariz. «La ropa que usa puede influir en otras mujeres y corromperlas», añadió.
La situación no sería demasiado grave si sus palabras no hubieran propiciado que grupos extremistas la amenazaran de muerte, aunque la mayoría apoye sus logros. «No tengo nada que decir. Me considero una buena musulmana y no creo que por jugar al tenis con minifalda insulte a mi religión», se defiende Sania. Pese a haber levantado las iras de los ultrarreligiosos, es un icono para millones de jóvenes de su país, que admiran su estilo de vida y que se han apuntado en masa a las escuelas de tenis. Aun así, el mes pasado Sania tuvo que descartar jugar el Abierto de Bangalore (sur de India) para evitar el lío que se monta cada vez que regresa a casa.
Pero no ha sido la primera en sentir miedo; en 1992, Hassiba Boulmerka, oro Olímpico en 1.500 metros, tuvo que abandonar Argelia, su país, porque el Grupo Armado Islámico la amenazó por correr en pantalón corto. Ella, premio Príncipe de Asturias 1995, siguió y llegó a formar parte del COI.
«Tienen que respetarla»
Ayad Lamdassem es un atleta musulmán de origen marroquí, aunque ya español, que vive en Lérida. En el asunto de Sania, considera que «tienen que respetarla si su elección ha sido vestir así». En Marruecos pueden vestir sin problemas. «Las mujeres corren como aquí, no llevan pañuelo, incluso hay más chicas en atletismo que hombres». Considera que, «por supuesto, la mujer puede hacer deporte -su esposa también fue atleta, sin ‘hiyab’ (velo)-, el problema es que hay sitios que practican mucho la religión». En algunos países islámicos, la interpretación de su ley es más abierta, pero en otros reside en mentes fundamentalistas. Como muestra de su apertura, Marruecos tuvo, entre otras, a Nezha Bidouane, que en Atenas’97 se convirtió en la primera marroquí en coronarse campeona mundial, en los 400 metros vallas. Participó en cuatro Juegos y fue bronce en Sidney 2000. Corría con su pelo corto al viento y pantalones cortos.
Fe Robles es una periodista y psicóloga que se encarga de coordinar los proyectos de la Comisión Mujer y Deporte del COE. Y acaba de llegar de la Conferencia Mundial de Jordania, donde se han abordado temas como el de la vestimenta, sólo la punta del iceberg de los problemas a los que se enfrenta buena parte de los 800 millones de musulmanas que hay en el mundo. «El COI hace recomendaciones, pero debería tomar decisiones, porque más allá de las propuestas no hace nada. Y las cosas van a peor con el auge del fundamentalismo».
En Atlanta’96, fueron 26 los países que no incluyeron delegación femenina, en su mayoría musulmanes. En Sidney 2000 se quedaron en nueve y en Atenas’04 bajaron a seis. «Aun así, hay pocas chicas -confirma Robles- y menos en el medallero, porque también hay pocas que practiquen en sus países, las niñas lo tienen mucho más difícil. Y esas vestimentas no sé si afectan, pero tampoco ayudan a mejorar marcas». Mientras en Suecia un colectivo de mujeres pide poder bañarse en ‘top-less’ en piscinas, en algunos Estados musulmanes las nadadoras deben lanzarse al agua cubiertas con ‘burkini’ de pies a cabeza e, incluso, con una bata impermeable encima para que no se les pegue la ropa al cuerpo.
En la conferencia de Jordania, la ponencia de la presidenta de la Federación Islámica de Mujeres Deportistas, la iraní Faezeh Hashemi, desgranó las barreras a las que han de enfrentarse a la hora de practicar deporte: el poco apoyo en un mundo masculino, la falta de dinero, menos facilidades en cuando a horarios y espacios donde practicar -lo hacen separados por sexos-, la ropa… A su juicio, lo deseable sería que, por un lado, las empresas deportivas diseñaran atuendos «bonitos y cómodos» que pudieran ser aceptados por la ley islámica y, por otro, «convencer a las federaciones internacionales de que reconozcan algunas de estas prendas» -ya se hizo en Atenas-.
«Me siento amenazada»
Empresas como Nike se han lanzado a este mercado, no sin levantar críticas. «Evidentemente, no es lo mejor -dice Robles-, pero hay mujeres que, aunque no están de acuerdo con las reglas, tienen miedo y las acatan, así que hay que verlo como que gracias a estas prendas acceden al deporte».
En cuanto a que las federaciones internacionales cedan, la experta lo entendería sólo como el menor de los males: «El sentir mayoritario es que las dejen vestir como quieran. Hay quien dice que desean ir tapadas, que hay que respetar su cultura, pero en el deporte tenemos unas normas que también hay que respetar. Igual que están las leyes islámicas, están las del COI, hechas para que todos tengan las mismas oportunidades, así que creo que no podemos aceptar que participen tapadas porque es una discriminación por razón de sexo».
Robles se muestra convencida de su teoría: «Llevamos recorrido mucho camino ya como para dar pasos atrás. A mí, como mujer, me da rabia, incluso me siento amenazada. Es cierto que la suya es una cultura muy antigua, pero nosotras estamos creando nuestra propia cultura mirando al futuro».





