jueves, 21 de enero de 2010

El baile del 'hiyab'

En el nombre de Allah, Misericordioso y Clemente

Soy el pañuelo que tienes en tus manos. Amarillo encendido. Radiante. Orgulloso. Sol para la niña de tez oscura. ¿Quieres jugar conmigo? Acaríciame. Paséame entre tus dedos. Soy la serpiente que culebrea por tu brazo, el ejército de hormigas que dibuja cosquillas en tu nuca, las alas de una mariposa saludando al lóbulo de tu oreja. Acércame a tu rostro. Así. Mira a través de mis hebras. ¿Has visto? El mundo siempre es diferente si me llevas contigo. Y ahora prueba a cubrir tus cabellos. Un poco más. Cuidado con ese mechón rebelde. Perfecto. Da una vuelta. Otra. ¡No tan rápido! Vas a marearme.

-¿Estoy guapa?

-Estás preciosa.

-¿Puedo maquillarme?

-Por supuesto. Tus ojos de almendra quedarán aún más bellos con un poco de khol. Dos ventanas abiertas a un mar oscuro y misterioso. ¿En los labios? Un poco si quieres, brillo de coral centelleando en el océano.

-Parezco mayor.

-¡Eres mayor! ¿Acaso no piensas ya por ti misma?

-Sí, pero aún tengo algunas dudas. No sé qué hacer contigo. Me gustas porque dibujas un lazo con mis raíces, porque me ligas a mis hermanas. Eres una señal. Un símbolo. Mi identidad y mi orgullo. Sin embargo...

-Vamos, no lo estropees ahora con titubeos. Lo estabas haciendo muy bien. Sigue jugando a las sombras chinas y dime todo lo bonito que ves reflejado en mí. Sabes que mi manto vela por mucho más.

-Sí, tu tacto es una mano tendida, un sostén ante la intolerancia. Y también eres mi libertad. Mi decisión. Aunque tu caricia es de seda, sé que con ella podría trazar el gesto de la rebelión. Abominar de esta sociedad que pretende hacer de mí un objeto de consumo. Impedir que mi cuerpo y mi desnudez sean un artículo de mercado. Contigo no me vería a través de los ojos de los demás, ni sería una muñeca más en el bazar de la seducción. Eso me gusta. Quiero que los hombres me consideren sólo por mi interior.

-Pareces tener las ideas muy claras. Entonces, ¿qué te hace vacilar? ¿Por qué no cesas de quitarme y ponerme? Detén un segundo el baile y céntrate. Es correcto todo lo que dices, pero creo que olvidas algo. Quizá lo más importante.

-Ya sé, ya sé. También eres el cobijo de las miradas. El manto que preserva mi intimidad, mi pureza. El rincón de la oración.

-Exacto. Soy el lienzo que te reconoce como musulmana. Soy tu derecho a la diferencia. La proclama al mundo de tu pertenencia al islam. Cuidado, ese mechón tozudo no deja de asomar. Sujétame. Anúdame con fuerza. Un poco más.

-Espera. Estate quieto. Me aprietas demasiado y no me dejas ver con claridad. Dices demasiado de mí. Y eso es precisamente lo que me hace dudar. No sé si quiero cubrirme con etiquetas. No necesito envolverme en pancartas que griten en mi nombre. Y, menos todavía, que nadie crea que eres la prenda de mi sumisión.

-No seas soberbia. Sabes que soy mucho más que un pedazo de tela. También puedo ayudarte con la modestia. Bajo mi protección, entregarás tu belleza a Dios. Tu decisión le complacerá y llenará de alegría.

-Me cuesta aceptar que Alá sea un crítico de moda. Y aunque soy joven, sé que no encontraré en el Corán una referencia concreta a cubrir mis cabellos. Pero no importa, no discutamos más. Me gusta tu protección, ya lo sabes, pero no querría que la confundieras con posesión. Y sobre la modestia, sabes que si mañana llego cubierta al instituto, seré el centro de todas las miradas. ¿No resulta eso también una forma de vanidad?

-Vamos, niña, no quieras resolver todos los interrogantes en un día. Mi abrigo te dará sabiduría. Poco a poco irás encontrando todas las respuestas en tu interior. Yo no soy una imposición. Recuérdalo, tan sólo una bella elección.

-En el fondo, estoy un poco nerviosa. Temo equivocarme.

-Lo sé. No te preocupes. No tienes por qué tomar hoy una decisión. Aflójame, anda, agítame y vuelve a bailar conmigo. No soy un ladrón en busca de un botín. Tú no eres mi presa, ni yo tu cancerbero. Sólo quiero ser el tapiz de tu felicidad. Entre mis hebras de seda podrás tejer tu destino. Hay espacio para todo. Una puntada de sueños. Otra de rezos en la madrugada. Un hilván para la amistad. Una costura para el amor. Y espacio para miles de anhelos. Tú podrás elegir los hilos con los que trenzar tu futuro. Y los zurcidos trazarán el mapa de tu memoria.

-¿No tratarás de imponerte?

-Tú pones los límites. Puedo quedarme como estoy o variar a tu antojo. ¿Quieres probar? Es sólo una diversión. Mira, puedo robar a la noche y teñirme de azabache. Y crecer y crecer. Tanto como tú quieras. ¿Lo ves? Mira, juego a envolver todo tu cuerpo. No tengas miedo. Se está bien aquí dentro, ¿verdad? Puedo cubrir tus labios. Puedo detenerme o seguir ascendiendo. ¿Te ríes? Claro, te hago cosquillas en la nariz. También sé tejer una celosía ante tus ojos. Espera, no bailes ahora, quédate parada. Así, como una sombra. En silencio. En la oscuridad. ¿No sientes la paz? Solos tú y yo. Siempre juntos.

-Sí, siempre juntos. Pero, ¿dónde?

-No te entiendo, preciosa. Yo iré adonde tú vayas.

-Pero bajo tu piel tramada entreveré cómo se cierran algunas puertas.

-Quizá tengas razón. Pero, al fin y al cabo, ¿quién quiere ir a París?

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